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El circo viejo, el clásico, auténtico y entrañable, va a salir

Pedro Rocamora, 1994

Un ascendiente de Rafael Plá se jugó a su mujer a los naipes y la perdió. Su padre, fue afamado ventrílocuo en los años sesenta. Otro pariente suyo, o tal vez él mismo, ha explorado las selvas más ignotas recolectando mitos, leyendas y seres fascinantes que guarda en una nave secreta de Valencia. Allí esconde a un tímido liliputiense negro que fue rey de su tribu, hoy extinguida, y que aún conserva como corona de su egregio rango una tibia siempre atada a la parte superior de su cabeza. Es muy tímido, y cada vez que se le suelta se aferra al pantalón de las visitas.

También tiene a la bellísima y legendaria sirena de Atlantis, a la mujer barbuda, y a la cabeza parlante, siempre cargada de graves pensamientos.

Todos estos seres se encuentran al cuidado de una contorsionista que toca el violín con el pié y bajo la atenta supervisión de Miss Amparito la intrépida “ecuyere” que hace sus ejercicios sobre un caballo de madera.

Y es, querido lector, que en el circo actual se ha perdido la fantasía. En los viejos circos el espectador no podía intuir los sucesos, y la imaginación (elemento esencial de la creación artística) se mezclaba con la realidad de forma tal que los asistentes creían ver de verdad al mismísimo Buffalo Bill o a la nodriza del presidente Washinton.

Hoy el circo se ha hecho de plástico. Es una fábrica en la que el artista se convierte en empleado-funcionario y el espectador en consumidor pasivo.

Contra esto tiene que surgir un nuevo empresario que reivindique el auténtico circo clásico en el que aflore el alma de serrín de lo circense, con olor a boñiga de elefante y orín de tigre, con payasos que nos hagan llorar y con contorsionistas de las que podamos terminar locamente enamorados. Ese circo-aventura con el que todo niño quiere escapar para que los adultos no le roben sus sueños.

El circo tiene que fascinar, perturbar, sorprender, cautivar y seducir. Si el espectáculo no consigue raptar al espectador para esos otros mundos esotéricos que hay en el círculo de trece nuestros, ser· una función fallida.

Esta reivindicación del universo mágico, de la ternura y el humor como esencia de lo circense llevo haciéndola en nuestro país desde hace muchos años. Me acompañan en esta disidencia los circúlogos Juan Felipe Higuera, Fco. Javier Rodríguez, José Luis Sánchez Llaca y Frco. Martín Medreno. Pero ningún empresario nos había entendido. Hasta que un día me encontré, asistiendo al festival de circo de montecarlo, con Rafael Plá"el Gran Fele". Por fin, había alguien más que sabía el porqué, el para qué y el cómo del circo. Estuvimos hablando horas y horas acompañados por mi musa circense Paulina Schumann, la hija de Charle Rivel.

Desde aquel día supe que el "Gran Fele" tendría un circo y seria un gran empresario, porque es alguien que lucha para hacer realidad sus fantasías.

Hoy Rafael Plá tiene un poético cartel de circo, con un organillo, un trapecio, un violín, y muchas ideas. Sólo eso. Sin embargo, sé que puede ser el empresario del circo del futuro. Por eso, este es un prólogo premonitorio.

El circo, el viejo, clásico, auténtico y entrañable circo va a salir. Mientras tanto, en la nave de los sueños un tímido pigmeo, una extraña contorsionista y una bellísima sirena empiezan a despertar.


Pedro Rocamora, 1994
Vicepresidente de la Asociación Española de Amigos del Circo