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El Circo viejo, el clásico, auténtico y entrañable, va a salir

        Un ascendiente de Rafael Plá se jugó a su mujer a los naipes y la perdió. Su padre, fue afamado ventrílocuo en los años sesenta. Otro pariente suyo, o tal vez él mismo, ha explorado las selvas más ignotas recolectando mitos, leyendas y seres fascinantes que guarda en una nave secreta de Valencia. Allí esconde a un tímido liliputiense negro que fue rey de su tribu, hoy extinguida, y que aún conserva como corona de su egregio rango una tibia siempre atada a la parte superior de su cabeza. Es muy tímido, y cada vez que se le suelta se aferra al pantalón de las visitas.

        También tiene a la bellísima y legendaria sirena de Atlantis, a la mujer barbuda, y a la cabeza parlante, siempre cargada de graves pensamientos.

        Todos estos seres se encuentran al cuidado de una contorsionista que toca el violín con el pié y bajo la atenta supervisión de Miss Amparito la intrépida “ecuyere” que hace sus ejercicios sobre un caballo de madera.

        Y es, querido lector, que en el circo actual se ha perdido la fantasía. En los viejos circos el espectador no podía intuir los sucesos, y la imaginación (elemento esencial de la creación artística) se mezclaba con la realidad de forma tal que los asistentes creían ver de verdad al mismísimo Buffalo Bill o a la nodriza del presidente Washinton.

        Hoy el circo se ha hecho de pástico. Es una fábrica en la que el artista se convierte en empleado-funcionario y el espectador en consumidor pasivo.

        Contra esto tiene que surgir un nuevo empresario que reivindique el auténtico circo clásico en el que aflore el alma de serrín de lo circense, con olor a boñiga de elefante y orín de tigre, con payasos que nos hagan llorar y con contorsionistas de las que podamos terminar locamente enamorados. Ese circo-aventura con el que todo niño quiere escapar para que los adultos no le roben sus sueños.


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